Como un halcón
Yo quisiera poder vivir sin miedo,
sin necesidad de certezas,
y lanzarme al vacío
como un halcón
seguro del poderío de sus alas.
El temor a marcharme
y renunciar al refugio
de lo siempre conocido,
de una cotidianidad
sedosa y fácil,
de bostezo perezoso
y rutina inane,
solo es equiparable al impulso
incontenible de descubrimiento
del animal peregrino
que gañe en mis entrañas
con un canto ancestral y bello
que anhela guiar mis pasos
allá donde brilla mi esperanza.
Sobre este rumor benéfico
se ciernen constantemente voces
ominosas
para las que el salto a la vida
no es sino entregar la libertad
en aras de una estabilidad ficticia
por el vil conformismo ensartada.
Esas voces tienen los ojos vendados
para no dolerse
por aquello que les enjaula
el tiempo
y les fuerza a acallar los sueños
que les cantan en los huesos.
Soy de una tierra dura y árida,
de extensos horizontes
donde el peso del cielo
hundía las esforzadas espaldas.
Hermosa y ancha es mi tierra,
de infinitos eriales y mares de trigo
cuyas olas doradas hacen cosquillas
en las palmas.
Hermosa y ancha es en verdad mi tierra
y, no obstante, a mí siempre me ha venido
pequeña.
Las gentes son secas y pragmáticas;
no creen en leyendas ni inventan hadas.
Echar a volar la imaginación aquí
se tilda de disparates,
pájaros en la cabeza,
necias alharacas.
Así y todo, quienes no hemos olvidado
el cántico inherente a nuestro corazón,
esa ave indómita, fiera y apasionada
que sabe más de la vida
que toda la filosofía soñada,
luchamos por reunir el coraje
para responder a la llamada,
dar el gran salto
y batir con fuerza
las luminosas alas,
surcando el aire etéreo y puro,
más allá del aplastante horizonte
de estas vastas tierras prosaicas
para explorar la belleza del mundo
y, tal vez, hallar al fin
el destino por el que gañen
nuestras añorantes almas.
Yo quisiera recorrer la Tierra
libre de temores y desconfianza.
Como un halcón
seguro del poderío de sus alas.

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